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En cartel

Memento (de Cristopher Nolan)  

¡Fuhhhh!... Porque no sólo es de las que dejan huella, sino que resiste visiones repetidas, incluso en vídeo. La causa es el tema laberíntico que trata: la mente humana. No sólo la memoria con sus infinitas implicaciones desconocidas, pues hasta la fecha sólo se conocen sus efectos relativos, pero no sus mecanismos conectados directamente con el plano subjetivo, que la convierten en un espejo personal e intransferible de la “realidad”. ¿Porqué una amnesia es total, o parcial, a largo, o a corto plazo?. Esas preguntas remiten a una “elección” individual, relacionadas a su vez con el recuerdo distinto que tienen diferentes testigos de un mismo hecho.  

                

  El protagonista de la historia sólo dispone de diez minutos de memoria reciente, pasados los cuales todo parte otra vez de cero. Sin embargo, guarda memoria de su identidad y del resto de su vida anterior al accidente que produjo su amnesia. Es decir es alguien abocado a vivir sólo el presente más corto e inmediato, lo que en sí mismo sería la forma ideal de vivir por la ausencia total de prejuicios, pero en este caso el pasado remoto sí recordado no sólo condiciona sino que es el único motor del presente. Esto da como resultado una visión absolutamente sesgada de la realidad, sin que ninguna nueva experiencia venga a modificar las motivaciones antiguas. Como muy bien dice uno de los personajes ¿de qué le servirá vengarse del hombre que mató a su mujer si no podrá recordarlo?. Hay algo patético y conmovedor en su férrea resolución de creer en los tatuajes, notas y fotos en las que va basando su presente investigador, como si esas fotos y notas no pudieran robárselas, cambiárselas, o simplemente perderlas. Pero él no puede admitir eso, porque supondría renunciar a su vida y al sentido que ha elegido darle.

¿Y no es eso en el fondo lo que hacemos todos?. Elegir sensaciones, emociones, pensamientos, hechos, personas. Datos seleccionados y datos desechados de la realidad, que van conformando nuestro mundo único.  

La historia de “Memento” no sólo pone eso de relieve, sino situaciones esenciales que nos condicionan, aunque nos pasan desapercibidas dentro del barullo cotidiano. De pronto (han pasado los diez minutos) se ve corriendo por la calle con una pistola. También ve a otro hombre corriendo como él entre los coches. Y se pregunta: ¿qué estoy haciendo?, ¿persiguiendo a ese hombre?. Y cuando el otro hombre corre hacia él y le apunta con su arma, reconoce que no, que es el otro quien le persigue. Ningún dato más puede surgir de ese momento. Salvo que durante los próximos diez minutos encuentre las notas y las fotos en sus bolsillos, o se desnude y vea los tatuajes sobre su cuerpo. Sólo dispone de ese tiempo cada vez que conoce a alguien para catalogarle como persona, para hacerle una foto y apuntar en ella si es amigo, o enemigo, si puede fiarse de él, o no, o qué tipo de relación (siempre efímera) les une. También seleccionará los hechos y personas dignos de recordar en sus notas y fotos, que podrá destruir después al ritmo de su eterna investigación. Investigación mutable, imposible de abarcar por completo, en la que caben las mentiras de los otros y las propias mentiras, que ayudan a hacer soportable y vivible nuestra vida. Igual que cualquier persona con la memoria intacta, eso es lo inquietante.  

Tiene una trama absorbente y milimétrica, de diez en diez minutos fascinantes, que se completan de atrás adelante y de delante hacia atrás, según se desarrollen mientras suceden los hechos, o los reconstruya con sus notas y fotos.  

Y la visión de los espectadores-testigos de ese hombre conmovedor, a veces patético, visión desde fuera que no puede llegar a la “verdad” aunque los hechos estén rigurosamente ordenados, es lo más perturbador al ponernos a todos frente a la absoluta relatividad de nuestras vidas.  

Película única, de múltiples lecturas, que nos atrapa desde el principio, y al final (ese final ambiguo, sorprendente pero lógico) nos suelta aparentemente, y nos hace salir a la calle preguntándonos como su protagonista ¿qué estoy haciendo aquí?, y ¿dónde puedo ir ahora, cómo y con quién?... Solos, caminando con ese gran enigma que es cada percepción y sus consecuencias interminables.

Daniel Monleón 

Y ADEMÁS: Silencio roto, Armendáriz/ Amores perros, Alejandro G.Iñárritu/El círculo, Jafar Panahi/ You can count onme, Kenneth Lonergan/ Sin vergüenza, J.Oristrell/ Deseando amar, Wong Kan-Wai/ Toda la programación del pequeño Cine Estudio de Madrid y del cine Bellas Artes.

 

La mugre y la furia (de Julian Temple).-  

Musicalmente el rock hunde sus raíces en el blues, la música negra, la reivindicación del ritmo como la base primitiva-primera de la música. Como forma de vida también hunde sus raíces en la expresión primitiva en el sentido auténtico de la palabra, sin ninguna connotación moral. Lo básico,visceral, la expresión espontánea que, como tal, pone en cuestión los valores impuestos, los convencionalismos, y por lo tanto cualquier tipo de etiquetas.

Su primer cenit, a finales de los 60, dio paso a un paulatino decantamiento hacia lo estrictamente musical, y en ese sentido siguió dando creadores de sumo interés. Pero en cuanto a una forma de vivir, fue perdiendo gas hasta convertirse en moda masiva en los primeros 70.  

Los sex pistols en el 76 reivindicaron esas primeras raíces olvidadas, que de nuevo volvieron a ser rechazadas por el sistema dominante. En este interesante documental queda claramente expuesta esa motivación. En palabras de sus ex miembros: "No creo en los movimientos masivos porque destruyen la individualidad". Renegaron del punk como moda, como de cualquier otra, haciendo hincapié en que ellos intentaban la máxima provocación, que es ni más ni menos, que ser uno mismo y no creerse a priori las calificaciones y valores mayoritarios. Si usaban imperdibles era por ser la solución más sencilla y cómoda para remediar unos pantalones que se caen, cuando no hay dinero para comprarse otros. Y si uno es feo, contrahecho, pobre, o cualquier otra cosa mal vista, no hay que acomplejarse ni ocultarlo, sino aceptarlo y sentirse orgulloso de ser lo que se es. 

El grupo ve, entre alucinados y molestos, cómo la gente empieza a imitarles. Cómo empiezan a exigirles que respondan a la etiqueta que les han adjudicado. Cómo empiezan a inventarse cosas sobre ellos que respondan a esa etiqueta, como por ejemplo, que van por ahí vomitando. Cómo los presentadores de televisión les incitan a decir tacos, etc. 

Es decir, el sistema lo que no acepta es lo espontáneo cuando es raro o mal visto (aunque lo utilice morbosamente en plan escándalo), pero sí acepta lo raro si deja de ser espontáneo y se transforma en una etiqueta y como tal acaba siendo carne asimilada.  

El poder de lo auténtico es lo peligroso. Esto es lo que más les interesa dejar claro a los ex miembros del grupo para los jóvenes de cualquier generación. Porque se tiende a solucionar confusiones e inseguridades por medio de la anexión a cualquier movimiento, moda, tribu, etc. 

Muy buenas las entrevistas a los ex miembros y al desaparecido Sid Vicius poco antes de su muerte. Las lágrimas que se le escapan a Johnny Rotten recordando cómo quisieron ser manipulados, por el manager de turno entre otros, cómo acabaron sintiendo que lo mejor era dejar el grupo porque aquello, su expresión auténtica, había tocado techo y si hubieran seguido habría sido citarse a sí mismos (no siempre lo auténtico tiene tan corta vida, no confundir y poner una vez más la etiqueta de auténtico a todo grupo que dure poco y otra de falsos a los que duren). 

Y esa conmovedora integridad de la respuesta de Vicius a la pregunta de dónde le gustaría ir, o estar: "bajo tierra". "¿De verdad?". Y ese "sí", escueto y hondo, de niño contra la pared, poco antes de morir de sobredosis. 

Y ese montaje paralelo con escenas shakesperianas, de Laurence Olivier interpretando al rey contrahecho Ricardo III. Casi peor visto por el descaro con que cometía sus crímenes, que por sus crímenes mismos. La rabia del jorobado de Nôtre Dame y la rabia de Johnny Rotten cantando "no soy guapo". ¿Y qué?. Iban contra lo bien visto cuando oculta la verdad. Querían ser ellos mismos y ser aceptados tal como eran, sin pretender parecer nada, ni imitar a nadie. Impagable su aportación. De vez en cuando es necesario que alguien nos lo recuerde, sobre todo en tiempos conformistas, o cuando la moda y las etiquetas son pura tiranía y no ludismo. 

Hay que cuestionar todo, incluso al grupo, movimiento, o imagen de moda. Es más, a eso con mayor motivo. Y discernir y elegir por uno mismo. Elemental querido Watson.

(Wakan) 

Lucía y el sexo (Julio Medem).- 

Primera visión:

Como Julio Medem es uno de mis directores favoritos, de todo tiempo y lugar, allí

estaba yo el día del estreno. Ese fue mi error, quizás: demasiadas expectativas,

sobre todo después de la hipnótica, honda, arrebatadoramente mágica "Los

amantes del círculo polar".  

Y es que hay dos historias en la película que quisieran entrelazarse, pero sólo logran conectarse tangencialmente. Un contacto algo forzado que le quita fuerza a las dos, como en todo lo que se mezcla sin llegar a fundirse. Una es la historia de Lucía y el sexo, otra es una historia de madres e hijas. El contacto entre las dos es un hombre, el protagonista, cuyo personaje no llega a cuajar porque hay una bamboleante indecisión entre su punto de vista y el de las mujeres de la historia. Una indecisión que acaba en pura indefinición y el punto de vista de la película se diluye, llega a desvanecerse a veces. Y en esos momentos la película desaparece, se cae por un agujero sin fondo; como dirían en la película 'sin ventajas'.  

La potente y sugestiva existencia de un cuento con ventajas, explicado como un agujero donde se cae y, como los astronómicos agujeros de gusano, a través del cual puede viajarse atravesando la historia y aparecer en su centro, y desde allí cambiar el rumbo, se queda sólo en palabras. No se materializa, no se hace historia-realidad. Y eso es imperdonable. Promete y miente, no da. Y como el cine de Medem me apasiona, me sentó fatal que esta vez me decepcionara.

Por si acaso la causa era el momento en que la vi (eso pasa en ocasiones), fui a verla otra vez. 

Segunda visión: 

Títulos de crédito que atrapan: fondo submarino rezumando el misterio del silencio y de otra dimensión, sobre el que se teclean suave y repetidamente las letras de todos los nombres.

Viaje sin retorno: primera escena de laberinto sostenido. La protagonista habla por teléfono con toda la historia detrás, gestando el desenlace. Se han quemado los barcos, no puede volverse atrás. Arrasan las emociones densas y cansadas, esas que se acumulan sin querer ya demostrar nada, un solo paso después de cualquier clímax. Que una historia empiece ahí, tiene un riesgo fascinador. Y con todo el peso abrumador de la verdad, cuando importa un rábano lo que parezca. 

Empieza toda una larga secuencia, maravillosa y entera por la interpretación de Paz Vega, por la luz blanca y deslumbradora de la isla donde huye vertiginosamente, por la decisión furiosa y enervante de no mirar atrás, de ir en busca del ¿destino?, de apostar por esa soledad única y real que es desde donde vivimos todo lo que nadie puede hacer por nosotros: nacer, comer, mear, follar, dormir, soñar, bailar, morir... Y esa cautivadora escena de Lucía sentada en la arena y su conversación con el submarinista, sobre la isla flotante sobre la que están, llena de agujeros, con sus habitantes mareándose sin saber porqué cada vez que el mar está revuelto... Que esa larga secuencia de huida, acabe en la caída por un agujero en el suelo de la protagonista, hasta una cueva medio submarina, junto al mar de una cueva en cualquier caso, es toda una enorme promesa de un viaje por el tiempo, el destino y los sueños más subterráneos. 

Aparece el sexo, 6 años atrás. Una vivencia del sexo parcial, envuelta en el encanto duendil del ludismo total, muy escaso en el cine y en la literatura. Sólo por eso está muy bien. Pero no aparece reflejado el deseo, es decir que la sensualidad no surge de estas escenas explícitas sexuales sino en otras partes de la película. Y eso, quizás, se añora en ellas. 

Y aparece una hija desconocida del protagonista, cuya madre vive en paralelo y eso crea la pregunta constante de ¿y esto a qué viene?, que nunca llega a responderse. 

Intercaladas aparecen escenas de la pareja protagonista, que ya no revelan nada sobre su relación. O mejor dicho que parecen arrepentirse de haberse metido en la piel de ella, y se quedan sólo en uno que escribe y otra que lee. Apenas nada más.  

Y entonces aparece de nuevo la historia de madres e hijas, desdoblada esta vez en un trío de madre, su amante, hija joven, que este sí rezuma sensualidad y deseo. Sobre todo en las escenas que ponen imágenes a las palabras de lo que escribe el protagonista en su oscura pantalla del ordenador. Y aparece de nuevo el Medem de las primeras escenas: desbordando emociones, sensaciones, atmósfera de tres dimensiones aparentes y algunas más invisibles pero que hacen notar su peso denso y onírico, buceando en las profundidades escurridizas de la vida. La escena de Belén, el prota., el perro y la niña, está 'tocada' por la gracia de los dioses, arrojando su sombra más allá de sus límites, empapando las escenas anteriores y posteriores con su carga de profundidad y esa música inquietante y suave, que te coloca al otro lado del espejo. 

Esa habitación infantil rodeada de sexo y de muerte, inmersa en la luna y el fondo del mar, es tan entera ("más entero, más entero" decía el pintor Antonio López hablando del pintar en la película "el sol del membrillo", de Erice, uno de los directores favoritos de Medem y mío), que literalmente hechiza.  

Y de nuevo en la isla se renueva la promesa del cuento con ventajas, que nunca llega a materializarse, quedándose por debajo de las mejores secuencias y cortando la mayonesa... Casi.

Porque es tan abrumadora la fuerza mágica de las mejores escenas que no voy a tener más remedio que perdonar el resto. Y pienso recordar sólo lo mejor, lo 'entero'. Por ejemplo, y además de lo dicho, esa escena de Nawja Nimri rompiendo a llorar (no sólo llorando), bordeando cualquier abismo emocional.

 Es cierto que en esta película hay una huida, como en "los amantes del...", pero que acaba bien. Pero queda la sensación de que el recuerdo de la anterior película es innecesario y planea como una absurda hipoteca sobre esta historia. Quizás si Medem hubiese dejado reposar los posos de la anterior historia, "Lucía..." hubiera sido tan única como la otra. O como "Tierra", otra historia donde habla de uno de sus temas recurrentes: un hombre ante dos mujeres aparentemente distintas.

Aquí Medem, como el personaje de Elena, no quiere ver ni quiere mirar demasiado, pero sigue siendo su cine. Y su cine es uno de los más fascinantes y profundamente originales de la actualidad. Nada menos. Pues eso. 

Tesa Vigal