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Joyas de biblioteca.- « La
balada del café triste”, Carson McCullers Una huella única
y perturbadora. Mucha tristeza en este relato. Dulzura honda. Sabor
agridulce y ambiguo. Mucha poesía contenida e incontenible. Tiene algo
de catarata salvaje. Parte de una terrible y sencilla anécdota, rezumando
una lucidez tan sobria que acaba en sabiduría que toca directa e implacablemente
el alma. Porque este relato...
“El sello
egipcio”, Ossip Mandelshtam Maravilloso hermano
de Proust pero más filósofo y místico. No posee la nostalgia de Marcel,
sino una sensual tristeza. Algunas páginas recuerdan mensajes dentro
de una botella, enviados por un naufrago desde un tranvía lleno de gente.
Mensajes con algo de irreversible, caliente y en relieve, cortante y
alejado. Es también como una bola de cristal conteniendo un pueblecito
nevado en su interior, y que al moverla caen los copos de una densa
y minúscula nevada sobre su paisaje cerrado. Tan inaccesible, tan impenetrable
y sin embargo tan sencillo y hechizante. “La conjura de los necios”, John Kennedy Lástima que este
libro admirable sirva de carcajada a tanto idiota que no podrá reconocerse
en sus páginas. Condición importante de algunos grandes libros: la habilidad
en el retrato de la estupidez humana. Aparte de eso y de los personajes
inolvidables, el libro es fascinante por el gordo fastuoso que lo habita
como protagonista. Él lleva a feliz término algunos de nuestros más
secretos deseos. Es, de hecho, el eructo de nuestra perversidad inconsciente
y cotidiana, contra esa espontánea y asimilada bobería que nos rodea.
Sólo que la tragedia de este libro ocurrió fuera de él, en la vida de
su autor, que no llegó a verlo publicado. [Julián Medéz]
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